
Mitología griega
El rey Eneo de Calidón olvidó ofrecer sacrificios a Artemis, y la diosa soltó un jabalí gigantesco que arrasó los campos. Meleagro reunió a héroes de toda Grecia para darle caza; Atalanta fue la primera en herir a la bestia, pero el reparto del botín encendió una disputa que convirtió la victoria en una calamidad para la casa real.
Tras una cosecha abundante en Calidón, el rey Eneo ofreció a los dioses grano, uvas y aceite, pero dejó sin honra a Artemis, la diosa de la caza. Ofendida por el descuido, la diosa envió a las llanuras de Calidón un jabalí feroz. La bestia pisoteó los sembrados, destrozó las vides y los olivos, y ni pastores ni perros de caza se atrevían a acercarse a ella.
La tierra de Calidón era fértil. Cuando llegaba el tiempo de la cosecha, las espigas doblaban los tallos con su peso, los racimos colgaban densos de las vides y las hojas de los olivos brillaban al viento con reflejos verde grisáceos. El rey Eneo, al ver cómo se llenaban los graneros, ofreció sacrificios a los dioses del cielo según la antigua costumbre.
El grano fue para Deméter; las uvas, para Dioniso; el aceite de oliva, para Atenea. Ante los altares se alzaron las llamas, el humo perfumado subió hacia lo alto, y el pueblo dispuso los frutos nuevos para agradecer a los dioses la protección concedida a los campos durante aquel año.
Pero entre la fila de altares había uno que permanecía frío y vacío. Era el altar de Artemis.
No había carne fresca de ciervo, ni coronas de flores, ni aceite, ni humo. Tal vez Eneo, ocupado entre tantos ritos, lo olvidó sin intención; tal vez pensó que aquel año eran demasiados los dioses a quienes debía dar gracias, y se le pasó por alto la diosa cazadora. Pero para los inmortales, ser olvidado no es cosa pequeña. Artemis vio su altar sin ofrendas; primero se le heló el ánimo, y enseguida ardió en cólera.
No lanzó un rayo de inmediato ni derribó el palacio. Prefirió soltar la desgracia en los campos.
Poco después, los habitantes de Calidón oyeron en lo hondo de los bosques un galope pesado. Las ramas se quebraron, el barro saltó por los aires, y de la espesura salió un jabalí como nadie había visto jamás. Tenía el cuerpo grande como un toro, las cerdas del lomo erizadas una a una, los ojos rojos, los colmillos largos y blancos; con solo hundir el hocico en la tierra podía arrancar de raíz un árbol.
Irrumpió en los trigales, y las mieses cayeron aplastadas en grandes manchas; mordió las vides y desgarró a la vez los brotes tiernos y los frutos; entró en los olivares y abrió la corteza de los árboles con los colmillos. Los pastores huyeron llevando consigo los rebaños, y los perros de caza, al olerlo, retrocedieron con el rabo entre las patas. Quienes lo vieron pasar desde detrás de un muro de piedra apenas se atrevían a respirar.
La ruina crecía día tras día. Los campos de Calidón parecían hollados por carros de guerra; los campesinos no osaban salir a trabajar, y los niños ya no se alejaban de sus casas. Solo entonces comprendió el rey Eneo que aquel altar olvidado había arrastrado a toda la ciudad al miedo.
Meleagro, hijo de Eneo, era joven y vigoroso. Sus brazos podían tensar un arco duro, y cuando arrojaba la lanza, esta volaba rápida y certera. Al ver cómo el jabalí destruía el país, comprendió que no podían seguir esperando. Envió mensajes a muchas tierras y pidió a los guerreros más famosos de Grecia que acudieran a Calidón para organizar una gran cacería.
La noticia se extendió, y muchos llegaron armados. Unos llevaban lanzas al hombro, otros arcos y flechas, otros traían perros sujetos con correas. En la tradición también figuran entre los cazadores héroes célebres como Jasón, Teseo, Pirítoo, Cástor y Polideuces. Durante varios días resonaron los cascos de los caballos en los caminos de montaña, y por las puertas de la ciudad entraban sin cesar hombres vestidos con pieles, con espadas al costado y carcajes a la espalda. La plaza de Calidón se llenó de cazadores.
Entre ellos llegó también una cazadora de Arcadia, llamada Atalanta.
No era una muchacha criada entre muros de palacio. Se contaba que de niña había sido abandonada en los montes, que una osa la había amamantado, y que más tarde unos cazadores la encontraron y la criaron. Al crecer, corría por los bosques con paso ligero y mirada exacta; cuando sonaba la cuerda de su arco, pocas aves y pocas fieras lograban escapar. Llevaba el cabello recogido, el carcaj al hombro y el arco en la mano. Al entrar entre los cazadores de Calidón, muchos héroes volvieron la cabeza para mirarla.
Algunos no querían que una mujer participara en la cacería; pensaban que aquello deshonraría a los hombres. Pero Meleagro vio a Atalanta revisar con calma las puntas de sus flechas y permanecer serena entre los cazadores, y no hizo caso de aquellas murmuraciones. Sintió respeto por ella, y también amor, aunque la cacería estaba ya tan próxima que no tuvo tiempo de decir gran cosa.
Al día siguiente, todos partieron con los perros hacia los bosques.
Atravesaron los campos de trigo devastados y luego se internaron entre matorrales bajos. Cuanto más cerca estaban del lugar donde se ocultaba el jabalí, más húmedo se volvía el aire, y por el suelo aparecían hoyos recién abiertos, barro removido y ramas partidas. Los cazadores tendieron redes al borde del bosque; algunos fueron a guardar la entrada de un valle, otros avanzaron con los perros rastreando huellas. De pronto, la jauría olió el rastro sangriento y empezó a ladrar con furia, lanzándose hacia un valle cubierto de juncos y álamos.
Aquel lugar era oscuro y húmedo, y los juncos crecían tan espesos como una muralla. Allí estaba agazapado el jabalí.
Los ladridos se acercaron cada vez más, y en lo hondo del cañaveral algo se sacudió con violencia. Al instante siguiente, el enorme jabalí salió embistiendo. Levantó barro y agua a su paso; de sus colmillos colgaban raíces y hierbas, la espuma le brotaba del hocico, y avanzaba hacia los hombres como una roca negra desprendida de la montaña.
Los cazadores de la primera línea lanzaron sus venablos a toda prisa. Varias lanzas volaron contra él: unas rebotaron en su piel dura, otras resbalaron rozando las cerdas. El jabalí, enfurecido, bajó la cabeza y se lanzó contra el grupo. A un cazador que no alcanzó a apartarse lo levantó con los colmillos; a otro, que apenas había alzado el hacha, lo derribó contra el suelo. Los perros saltaron para morderle las orejas y las patas, pero la bestia sacudió la cabeza y los arrojó lejos, dejándolos rodar entre aullidos junto a las raíces.
La partida se desordenó. Unos treparon por la pendiente de piedra; otros se refugiaron tras los árboles. Meleagro gritó para que mantuvieran la línea, pero el jabalí ya había roto las redes y viraba hacia el otro lado del valle.
Entonces Atalanta levantó el arco.
No disparó con precipitación. Dio un paso siguiendo el giro del animal, esperó a que entre dos árboles quedaran al descubierto el hombro y el cuello, y soltó la cuerda. La flecha voló y se hundió en la carne del jabalí. No alcanzó un punto mortal, pero por primera vez la bestia sangró.
La sangre roja resbaló entre las cerdas duras, y el jabalí chilló de dolor. Al ver aquel tiro, los cazadores cobraron ánimo. Meleagro elogió en voz alta a Atalanta, apretó la lanza y corrió hacia la fiera.
El jabalí embestía a ciegas entre los árboles. Otros lanzaron sus armas: algunas fallaron, otras apenas lo hirieron. De pronto, el animal giró y barrió con los colmillos la pierna de un cazador; la sangre salpicó las hojas secas. Varios héroes intentaron rodearlo, pero tuvieron que retroceder ante su furia. Todo el bosque se llenó de ladridos, gritos y crujidos de ramas partidas.
Meleagro observó la lentitud que la herida empezaba a imponerle. Cuando el jabalí volvió una vez más la cabeza, avanzó contra el peligro y le clavó la lanza con fuerza en el costado. La bestia se sacudió con tal violencia que casi quebró el asta. Meleagro desenvainó entonces la espada y, mientras el animal tambaleaba, lo hirió de nuevo en un punto vital. Por fin el monstruo perdió pie y cayó pesadamente sobre el barro. Sus cuatro patas arañaron el suelo unas cuantas veces, y luego quedó inmóvil.
El bosque se quedó de pronto en silencio. Solo se oían los gemidos bajos de los perros heridos y la respiración agitada de los hombres.
La calamidad de Calidón había terminado.
Los cazadores se acercaron y contemplaron al jabalí abatido. Su cuerpo yacía en medio del bosque como un tronco negro derribado por el hacha. Los colmillos estaban manchados de barro y sangre, la piel era gruesa y recia, y la flecha de Atalanta seguía clavada en su carne.
Por derecho, quien había dado muerte final a la bestia era Meleagro. Pero él sabía que, sin la primera flecha de Atalanta, tal vez el jabalí no habría mostrado ninguna abertura. Así que cortó la piel del animal, le arrancó los colmillos y entregó a Atalanta aquellos trofeos, los más visibles de la cacería.
Dijo que aquel honor le correspondía.
Atalanta no pronunció muchas palabras; extendió las manos y recibió la piel y los colmillos. Pero algunos de los presentes cambiaron de semblante al instante. Entre ellos estaban, sobre todo, los dos tíos maternos de Meleagro, hermanos de la reina y también guerreros de aquella partida. Les parecía intolerable que ellos, parientes de la reina y hombres además, vieran llevarse el botín a una mujer.
Con ira dijeron que Atalanta solo había disparado la primera flecha, mientras que el verdadero matador del jabalí era Meleagro, y que el premio no debía quedar en sus manos. Sus palabras fueron volviéndose cada vez más ásperas, hasta que al fin avanzaron para arrebatarle la piel.
Meleagro se interpuso.
La sangre de la cacería aún no se había secado, y todos seguían empuñando armas. La disputa se convirtió pronto en combate. Los tíos no cedieron, y Meleagro no consintió que Atalanta fuera humillada. Una vez desenvainadas las espadas, ya no hubo palabras suaves entre parientes. En medio de la confusión, Meleagro mató a sus propios tíos.
El bosque que acababa de librarse del jabalí quedó manchado otra vez, ahora con sangre humana.
Cuando la noticia llegó al palacio, la reina Altea esperaba el regreso victorioso de su hijo.
Primero oyó que el jabalí había muerto, y su corazón descansó. Pero enseguida le dijeron que también sus dos hermanos habían perecido, y que quien los había matado era su propio hijo, Meleagro. Altea quedó como herida por un golpe de maza, incapaz de hablar.
Era madre, pero también hermana. Una voz la empujaba a defender a su hijo: en una cacería el conflicto estalla de pronto, quizá se vio forzado a llegar tan lejos. Pero otra voz le repetía sin descanso que los muertos eran sus hermanos de sangre, y que aquella sangre no podía quedar sin pago.
Entonces recordó algo que llevaba mucho tiempo oculto.
Poco después del nacimiento de Meleagro, las diosas del destino habían llegado al palacio. Miraron un leño que ardía en el hogar y dijeron que la vida del niño estaba unida a aquella madera: cuando el leño se consumiera, él también moriría. Altea, aterrada, lo arrancó de inmediato del fuego, apagó las brasas y lo escondió con cuidado. Durante años lo había guardado como si guardara la propia vida de su hijo.
Ahora sacó aquel leño de su escondite.
La madera estaba ya seca, oscurecida por el tiempo. Altea la sostuvo entre las manos, temblando. Caminó de un lado a otro por la estancia; unas veces apretaba el leño contra el pecho, otras miraba hacia las llamas del hogar. Recordaba el rostro de su hijo cuando era niño, el día en que tomó por primera vez una pequeña lanza; y luego veía en su mente los cuerpos de sus dos hermanos caídos en el bosque, y oía el llanto de la familia materna.
Al final, el odio venció al amor de madre.
Arrojó el leño al fuego.
La llama lamió la madera seca. Primero se oyó un leve chasquido; después, el fuego se alzó de golpe. Lejos de allí, en la ciudad o en el campamento, Meleagro sintió de pronto como si ardiera por dentro. No tenía nuevas heridas, ni llama alguna tocaba su piel, pero el dolor brotaba desde lo más hondo de sus huesos. Se llevó las manos al pecho, y su rostro se volvió rápidamente pálido. Los que estaban a su lado lo sostuvieron, aterrados, sin comprender qué ocurría.
En el hogar, el leño se ennegreció poco a poco y empezó a resquebrajarse. Del mismo modo se fue apagando la fuerza de Meleagro.
Cuando el último fragmento de madera se convirtió en ceniza, él dejó de respirar.
Los campos de Calidón se habían salvado. El jabalí que destruía las cosechas, espantaba a los pastores y mantenía a toda la ciudad sin descanso yacía muerto en el bosque. Pero aquella cacería no trajo banquetes.
Del palacio salieron lamentos. Altea, al ver muerto a su hijo y volver en sí, quedó anegada por el arrepentimiento como por una marea. Se contaba que después también puso fin a su propia vida. Las hermanas de Meleagro rodearon el cuerpo de su hermano y lloraron durante largo tiempo; en algunas versiones, su dolor movió a compasión a los dioses, que las transformaron en aves para que volaran lejos de aquel palacio lleno de sangre familiar.
Atalanta se llevó la fama que le correspondía. La gente recordó que su flecha fue la primera en hacer sangrar al jabalí; y recordó también que Meleagro, por entregarle aquel honor, alzó la espada contra sus propios parientes.
Desde entonces, la cacería del jabalí de Calidón fue contada una y otra vez. Primero fue una historia sobre la ira de una diosa; luego, una historia sobre la reunión de grandes héroes; pero al final quedó ligada a un leño consumido por el fuego: el jabalí murió, los campos quedaron en paz, y la casa de Meleagro nunca volvió a ser la de antes.