
Mitología griega
Poseidón y Atenea quisieron convertirse en divinidad protectora de la tierra del Ática, y ante los dioses ofrecieron cada uno un don. El dios del mar hizo brotar agua salada de la roca; la diosa plantó el olivo. Al final, los atenienses escogieron el árbol capaz de sostener durante generaciones la vida de la ciudad.
Hace mucho tiempo, el Ática era una tierra donde colinas, costas y llanuras se enlazaban unas con otras. Allí reinaba Cécrope, y la gente vivía entre pendientes pedregosas y suelos pobres: necesitaban los caminos del mar, pero también un don que hiciera más segura la vida cotidiana. Poseidón llegó primero a aquella tierra. Alzó su tridente y golpeó la roca; de la hendidura empezó a manar agua. Todos se maravillaron ante la fuerza del dios marino, pero aquella agua tenía sabor a sal, como si el mar hubiera irrumpido dentro de la fortaleza, y no podía calmar de verdad su sed. Después, Atenea plantó un olivo. Del suelo árido brotó una rama tierna, y sus hojas gris plateado brillaron al viento. La diosa explicó que el olivo daba fruto, aceite para las lámparas, remedio para las heridas y riqueza para comerciar con tierras lejanas. Los dioses juzgaron que el regalo de Atenea convenía mejor a aquel país, y la ciudad del Ática recibió su nombre: Atenas. Poseidón, aunque descontento por la derrota, dejó su poder junto al mar; el olivo de Atenea, en cambio, permaneció dentro de la ciudad y se convirtió en el signo más preciado de los atenienses.
Hace mucho tiempo, el Ática aún no era la Atenas que más tarde conocerían los hombres. Era una región de colinas rocosas, costas abiertas hacia el mar y algunas llanuras donde podía trabajarse la tierra. En verano, el sol caía sobre las pendientes blanquecinas, y desde el golfo Sarónico llegaba un viento cargado de sal. La gente levantaba sus casas al pie de los montes, llevaba las ovejas a pacer por las laderas y esparcía semillas en la poca tierra disponible, con la esperanza de recoger algo más de grano cuando llegara el otoño.
En aquel tiempo gobernaba la región Cécrope, uno de sus primeros reyes. La tradición le daba una figura extraña: de la cintura arriba tenía forma humana, y de la cintura abajo, cuerpo de serpiente, como si perteneciera a la vez a los hombres de la ciudad y a la tierra antigua que pisaba. Sobre una alta colina de roca construyó su fortaleza; desde allí podía ver los campos y, más lejos, el brillo del mar.
La tierra no era especialmente fértil, pero ocupaba un lugar favorable. Estaba cerca del mar, por donde podían ir y venir los barcos; tenía colinas, fáciles de defender; y reunía a un pueblo que ya empezaba a formar una comunidad, dispuesto a ofrecer sacrificios y a vivir bajo la protección de los dioses. Por eso dos grandes divinidades pusieron los ojos en ella.
Una era Poseidón, señor del mar. Llegó sobre las olas, con la espuma arremolinándose junto a las ruedas de su carro; los caballos marinos tiraban de él desde las aguas profundas hasta la orilla. En la mano llevaba el tridente: si lo hundía en el mar, se alzaban las olas; si lo clavaba en la tierra, hasta la piedra se abría.
La otra era Atenea. No vino cabalgando sobre el oleaje, sino que descendió sobre la fortaleza como la luz de la mañana. Llevaba casco, empuñaba una lanza, y su escudo resplandecía bajo el sol. Sus ojos eran claros y serenos, como si pudieran ver tanto el campo de batalla como el telar, el hacha del carpintero y el arado en manos del campesino.
Ambas divinidades dijeron:
“Esta ciudad debe quedar bajo mi protección y honrarse con mi nombre”.
Al oírlo, los habitantes del Ática no se atrevieron a responder a la ligera. Si el dios del mar se encolerizaba, los barcos podían naufragar y las costas quebrarse bajo el embate de las olas; si Atenea se ofendía, la valentía y la inteligencia abandonarían la ciudad. Así que entregaron la disputa al juicio de dioses más altos. Las divinidades acudieron a la fortaleza de Cécrope y se sentaron en un lugar elevado, desde donde se veía el mar, para contemplar qué regalo ofrecía cada uno de los dos poderosos rivales a aquella tierra.
Poseidón fue el primero en adelantarse.
Se plantó sobre la roca. El viento marino le agitaba la barba y los cabellos, y parecía que incluso el suelo bajo sus pies escuchaba el rumor de la marea. Los habitantes de la ciudad se habían reunido a cierta distancia, sin atreverse a acercarse demasiado. Cécrope permanecía delante de todos, observando cómo el dios del mar levantaba el tridente.
Poseidón no pronunció largos discursos. Hundió el tridente con fuerza en la piedra.
Se oyó un golpe profundo, como un trueno que rodara bajo la tierra. La roca dura se abrió en una grieta, y de ella empezó a brotar agua: primero un chorro, luego una pequeña fuente. Las salpicaduras brillaban sobre la piedra a la luz del sol. La gente exclamó maravillada, porque en aquellas colinas secas del Ática ver salir agua de la roca parecía un verdadero prodigio.
Poseidón miró a los presentes y dijo que aquel era su don. Quien recibiera su amparo tendría los caminos del mar, barcos, puertos y riquezas venidas de lejos. Las olas llevarían a los hombres hacia otras ciudades, y traerían de regreso mercancías de tierras extrañas. Si él lo quería, también los caballos correrían por aquel país, y los carros de guerra levantarían polvo en las llanuras.
Los hombres se acercaron a la fuente y probaron el agua. Pero apenas les tocó la lengua, fruncieron el ceño. No era dulce como el agua de un manantial de montaña: tenía el sabor salado del mar. Podía demostrar el poder de Poseidón, pero no haría reverdecer los campos ni daría de beber con tranquilidad a los niños sedientos.
Con todo, nadie se atrevió a reír. Todos sabían que un dios capaz de partir la piedra y hacer subir el agua del mar hasta la colina no era una divinidad a la que pudiera despreciarse. Muchos comprendían también que el Ática vivía mirando al mar: con el favor de Poseidón, los barcos entrarían y saldrían con mayor seguridad, y quizá las redes volverían más llenas. Así que guardaron silencio y volvieron los ojos hacia la otra diosa.
Atenea se dirigió a un pedazo de tierra desnuda junto a la colina rocosa.
No había allí suelo negro y profundo, sino apenas una capa de polvo y piedras sueltas. La diosa dejó la lanza a su lado, se inclinó y, como alguien que conoce de verdad el carácter de la tierra, puso una semilla en el suelo. Según otra tradición, tocó levemente la tierra con la punta de la lanza. Fuera de un modo u otro, todos vieron en aquel instante que la tierra le respondía.
El suelo se alzó apenas, y un brote verde salió junto a las piedras. Creció con rapidez: las ramitas se abrieron, las hojas se desplegaron una tras otra. Eran verdes por una cara y de un gris plateado por la otra; cuando soplaba el viento, todo el árbol parecía relucir. En poco tiempo, un olivo se alzaba junto a la fortaleza. Su tronco aún no era grueso, pero se mantenía firme, como si hubiera pertenecido a aquella tierra desde el principio.
Atenea señaló el árbol y dijo a Cécrope y al pueblo que ese era su regalo.
No había aparecido con el estruendo de la fuente de Poseidón, pero podía crecer año tras año. Sus frutos se prensarían para obtener aceite; el aceite encendería lámparas, aliviaría heridas, ungiría el cuerpo de los atletas y llenaría ánforas que podrían llevarse a tierras lejanas para cambiarlas por otros bienes. Su madera, dura y resistente, serviría para fabricar utensilios. El árbol soportaba la sequía y no temía las laderas pobres: si los hombres lo cuidaban, echaría raíces incluso entre las piedras.
La gente miró el olivo, y poco a poco empezó a encontrar la respuesta.
Lo que el Ática necesitaba no era solo una fuerza asombrosa. Sus habitantes debían vivir, criar a sus hijos, mantener el fuego ante los altares, tener luz dentro de las casas y enviar barcos al mar cargados de aceite. Poseidón les había dado la majestad del océano; Atenea, una forma duradera de vida.
Pero una elección así no podía hacerse por simple gusto momentáneo. Los dos grandes dioses estaban presentes, y también lo estaban las demás divinidades. Cécrope debía actuar con prudencia. Contempló la fuente y luego el olivo, y expuso ante los dioses todo lo que tenía delante. Entonces cayó el juicio: aquella tierra debía quedar bajo la protección de Atenea, porque su regalo era más provechoso para la ciudad.
Cuando Poseidón oyó el veredicto, su rostro se ensombreció.
El dios del mar no olvidaba con facilidad una ofensa. Su tridente podía levantar tempestades y hacer temblar la tierra. Que los habitantes del Ática escogieran a Atenea equivalía a verlo derrotado ante los dioses. Miró la colina rocosa, miró el olivo recién nacido, y el viento del mar se volvió de pronto más frío.
Algunas tradiciones cuentan que Poseidón, enfurecido, hizo subir el mar e inundó parte del Ática. Otras dicen simplemente que dejó allí la fuente salada y las marcas del tridente en la roca, para que las generaciones futuras recordaran que también él había venido a disputar aquel lugar. En cualquier caso, los hombres no olvidaron nunca al dios marino. Más tarde, los atenienses siguieron ofreciéndole sacrificios, porque aunque la ciudad perteneciera a Atenea, no podía vivir apartada del mar.
Pero el nombre de la ciudad fue, al fin, para Atenea.
Los hombres la llamaron Atenas y tuvieron a la diosa por su protectora más cercana. Ella no era solo una divinidad del campo de batalla: también guardaba los oficios, el consejo prudente y el valor de la ciudad. El olivo de la colina se convirtió en su signo; sus hojas, al moverse con el viento, mostraban destellos de plata, como una respuesta silenciosa dejada por la diosa.
Más tarde, quienes subían a la Acrópolis seguían hablando de aquella antigua disputa entre los dos grandes dioses. Decían que en la roca se veían las huellas del tridente de Poseidón, y que allí había brotado agua salada; decían también que el olivo de Atenea crecía en la ciudad, y que aun después de una desgracia, mientras quedaran sus raíces, nuevas ramas volverían a nacer.
Así, aquella contienda no terminó con espadas ni hizo desaparecer por completo a uno de los dioses. El mar de Poseidón siguió golpeando la costa fuera de la ciudad; el árbol de Atenea echó raíces en su interior. Los atenienses, al alzar la vista hacia la Acrópolis, al bajar los ojos hacia los olivos y al mirar a lo lejos el mar, sabían que su ciudad había nacido entre las fuerzas de dos grandes divinidades. Y lo que eligieron recordar fue aquel árbol capaz de dar fruto, encender lámparas y alimentar el paso de los años.